Blog de El Quijote

En el IV Centenario de la primera edición de «El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha»

miércoles, septiembre 28, 2005

Segunda parte. Capítulo XV

Donde se cuenta y da noticia de quién era el Caballero de los Espejos y su escudero.

«Dice, pues, la historia que cuando el bachiller Sansón Carrasco aconsejó a don Quijote que volviese a proseguir sus dejadas caballerías, fue por haber entrado primero en bureo con el cura y el barbero, sobre qué medio se podría tomar para reducir a don Quijote a que se estuviese en su casa quieto y sosegado, sin que le alborotasen sus mal buscadas aventuras, de cuyo consejo salió por voto común de todos y parecer particular de Carrasco, que dejasen salir a don Quijote, pues el detenerle parecía imposible, y que Sansón le saliese al camino como caballero andante, y trabase batalla con él, pues no faltaría sobre qué, y le venciese, teniéndolo por cosa fácil, y que fuese pacto y concierto que el vencido quedase a merced del vencedor, y, así, vencido don Quijote, le había de mandar el bachiller caballero se volviese a su pueblo y casa, y no saliese della en dos años, o hasta tanto que por él le fuese mandado otra cosa...»

domingo, septiembre 25, 2005

Segunda parte. Capítulo XIV

«Apenas le vio caído Sancho, cuando se deslizó del alcornoque, y a toda priesa vino donde su señor estaba, el cual, apeándose de Rocinante, fue sobre el de los Espejos, y quitándole las lazadas del yelmo para ver si era muerto, y para que le diese el aire, si acaso estaba vivo, y vio..., ¿quién podrá decir lo que vio, sin causar admiración, maravilla y espanto a los que lo oyeren? Vio, dice la historia, el rostro mesmo, la misma figura, el mesmo aspecto, la misma fisonomía, la mesma efigie, la perspectiva mesma del bachiller Sansón Carrasco, y así como la vio, en altas voces dijo:
—Acude, Sancho, y mira lo que has de ver y no lo has creer; aguija, hijo, y advierte lo que puede la magia, lo que pueden los hechiceros y los encantadores».

Don Quijote emprende combate con el Caballero del Bosque o de los Espejos, pero es después de derribarlo cuando descubre con sorpresa su identidad.

martes, septiembre 20, 2005

Segunda parte. Capítulo XIII

El Caballero del Bosque y su escudero. Conversa este último con Sancho sobre los hijos de cada uno:

«—Dos tengo yo —dijo Sancho—, que se pueden presentar al papa en persona, especialmente una muchacha, a quien crío para condesa, si Dios fuere servido, aunque a pesar de su madre.
—Y ¿qué edad tiene esa señora que se cría para condesa? —preguntó el del Bosque.
—Quince años, dos más a menos —respondió Sancho—; pero es tan grande como una lanza, y tan fresca como una mañana de abril, y tiene una fuerza de un ganapán.
—Partes son esas —respondió el del Bosque—, no sólo para ser condesa, sino para ser ninfa del verde bosque. ¡O hideputa puta, y qué rejo debe de tener la bellaca!
A lo que respondió Sancho, algo mohíno:
—Ni ella es puta, ni lo fue su madre, ni lo será ninguna de las dos, Dios queriendo, mientras yo viviere. Y háblese mas comedidamente; que para haberse criado vuesa merced entre caballeros andantes, que son la mesma cortesía, no me parecen muy concertadas esas palabras.
—¡Oh, qué mal se le entiende a vuesa merced —replicó el del Bosque—, de achaque de alabanzas, señor escudero! ¿Cómo y no sabe que cuando algún caballero da una buena lanzada al toro en la plaza, o cuando alguna persona hace alguna cosa bien hecha, suele decir el vulgo: «¡oh hideputa puto, y qué bien que lo ha hecho!», y aquello que parece vituperio en aquel término, es alabanza notable? Y renegad vos, señor, de los hijos o hijas que no hacen obras que merezcan se les den a sus padres loores semejantes».

viernes, septiembre 16, 2005

Segunda parte. Capítulo XII

«Así es verdad —replicó don Quijote—, porque no fuera acertado que los atavíos de la comedia fueran finos, sino fingidos y aparentes como lo es la mesma comedia, con la cual quiero, Sancho, que estés bien, teniéndola en tu gracia, y por el mismo consiguiente a los que las representan y a los que las componen, porque todos son instrumentos de hacer un gran bien a la republica, poniéndonos un espejo a cada paso delante, donde se ven al vivo las acciones de la vida humana, y ninguna comparación hay que más al vivo nos represente lo que somos y lo que habemos de ser como la comedia y los comediantes: si no, dime, ¿no has visto tú representar alguna comedia adonde se introducen reyes, emperadores y pontífices, caballeros, damas y otros diversos personajes? Uno hace el rufián, otro el embustero, este el mercader, aquel el soldado, otro el simple discreto, otro el enamorado simple. Y, acabada la comedia, y desnudándose de los vestidos della, quedan todos los recitantes iguales».

Clásica comparación entre comedia y realidad: el mundo como teatro.

martes, septiembre 13, 2005

Segunda parte. Capítulo XI

Se encuentran por el camino con una carreta de representantes (actores) que marchan hacia un pueblo cercano. El trato con estos hombres que van caracterizados de demonios, emperadores y ángeles termina mal, pues uno de ellos intenta irse con el jumento (asno) de Sancho. Finalmente, recuperan el animal y Sancho desecha la idea de castigar por la fechoría a esta gente de la farándula, presuntos privilegiados de la justicia.

«Y así era la verdad, porque habiendo caído el Diablo con el rucio, por imitar a don Quijote y a Rocinante, el Diablo se fue a pie al pueblo, y el jumento se volvió a su amo.
—Con todo eso —dijo don Quijote—, será bien castigar el descomedimiento de aquel demonio en alguno de los de la carreta, aunque sea el mesmo Emperador.
—Quítesele a vuestra merced eso de la imaginación —replicó Sancho—, y tome mi consejo, que es que nunca se tome con farsantes, que es gente favorecida. Recitante he visto yo estar preso por dos muertes y salir libre y sin costas. Sepa vuesa merced que, como son gentes alegres y de placer, todos los favorecen, todos los amparan, ayudan y estiman, y más siendo de aquellos de las compañías reales y de título, que todos, o los más, en sus trajes y compostura parecen unos príncipes».

viernes, septiembre 09, 2005

Segunda parte. Capítulo X

«Ya en esto, salieron de la selva y descubrieron cerca a las tres aldeanas. Tendió don Quijote los ojos por todo el camino del Toboso, y como no vio sino a las tres labradoras, turbose todo, y preguntó a Sancho si las había dejado fuera de la ciudad.
—¿Cómo fuera de la ciudad? —respondió—; ¿por ventura tiene vuesa merced los ojos en el colodrillo, que no vee que son estas las que aquí vienen, resplandecientes como el mismo sol a medio día?
—Yo no veo, Sancho —dijo don Quijote—, sino a tres labradoras sobre tres borricos.
—Agora me libre Dios del diablo —respondió Sancho—; y ¿es posible que tres hacaneas, o como se llaman, blancas como el hampo de la nieve, le parezcan a vuesa merced borricos? ¡Vive el Señor, que me pele estas barbas si tal fuese verdad!
—Pues yo te digo, Sancho amigo —dijo don Quijote—, que es tan verdad que son borricos, o borricas, como yo soy don Quijote y tú Sancho Panza; a lo menos, a mí tales me parecen.
—Calle, señor —dijo Sancho—, no diga la tal palabra, sino despabile esos ojos y venga a hacer reverencia a la señora de sus pensamientos, que ya llega cerca».

¡Quién iba a pensar que sería Sancho el que animara en esta ocasión la fantasía caballeresca de la señora Dulcinea!

viernes, septiembre 02, 2005

Segunda parte. Capítulo IX

Buscando, de noche, la casa de Dulcinea en el Toboso, encuentran algún obstáculo:

«—Sancho hijo, guía al palacio de Dulcinea; quizá podrá ser que la hallemos despierta.
—¿A qué palacio tengo de guiar, cuerpo del sol —respondió Sancho—, que en el que yo vi a su grandeza no era sino casa muy pequeña?
—Debía de estar retirada entonces —respondió don Quijote—, en algún pequeño apartamiento de su alcázar, solazándose a solas con sus doncellas, como es uso y costumbre de las altas señoras y princesas.
—Señor —dijo Sancho—, ya que vuestra merced quiere, a pesar mío, que sea alcázar la casa de mi señora Dulcinea, ¿es hora esta, por ventura, de hallar la puerta abierta?; ¿y será bien que demos aldabazos para que nos oyan y nos abran, metiendo en alboroto y rumor toda la gente?; ¿vamos por dicha a llamar a la casa de nuestras mancebas, como hacen los abarraganados, que llegan y llaman y entran a cualquier hora, por tarde que sea?
—Hallemos primero una por una el alcázar —replicó don Quijote—; que entonces yo te diré, Sancho, lo que será bien que hagamos, y advierte, Sancho, que yo veo poco, o que aquel bulto grande y sombra que desde aquí se descubre, la debe de hacer el palacio de Dulcinea.
—Pues guíe vuestra merced —respondió Sancho—; quizá será así: aunque yo lo veré con los ojos y lo tocaré con las manos, y así lo creeré yo como creer que es ahora de día.
Guió don Quijote, y habiendo andado como docientos pasos, dio con el bulto que hacia la sombra, y vio una gran torre, y luego conoció que el tal edificio no era alcázar, sino la iglesia principal del pueblo. Y dijo:
—Con la iglesia hemos dado, Sancho».