domingo, enero 02, 2005

Capítulo primero

A don Quijote no le hace falta conocer las modernas teorías -de las que la mercadotecnia da buena cuenta- sobre la necesidad de rebautizar a las personas y las cosas cuando varía su naturaleza o cambian las circunstancias. Si un tal Quijada se convierte en el caballero don Quijote y Aldonza Lorenzo en Dulcinea del Toboso, el caballo protagonista no va a ser menos.

«Fue luego a ver a su rocín, y aunque tenía más cuartos que un real, y más tachas que el caballo de Gonela, que «tantum pellis, et ossa fuit», le pareció que ni el Bucéfalo de Alejandro, ni Babieca el del Cid con él se igualaban. Cuatro días se le pasaron en imaginar qué nombre le podría: porque, según se decía él a sí mismo, no era razón que caballo de caballero tan famoso, y tan bueno él por sí, estuviese sin nombre conocido; y así procuraba acomodársele, de manera que declarase quien había sido, antes que fuese de caballero andante, y lo que era entones: pues estaba muy puesto en razón, que mudando su señor estado, mudase él también el nombre; y le cobrase famoso y de estruendo, como convenía a la nueva orden y al nuevo ejercicio que ya profesaba: y así después de muchos nombres que formó, borró y quitó, añadió, deshizo y tornó a hacer en su memoria e imaginación, al fin le vino a llamar «Rocinante», nombre a su parecer alto, sonoro y significativo de lo que había sido cuando fue rocín, antes de lo que ahora era, que era antes y primero de todos los rocines del mundo».

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